Diario de a bordo de Nabil e Iñigo (Parte III)

Iñigo compartió su hogar en Madrid con Nabil durante un año y medio. Aquí puedes leer su experiencia, que ha querido compartir para combatir prejuicios y animar a más gente a que abra las puertas de su vivienda y de su vida a personas refugiadas.

¿Qué es lo que sacas tú a cambio de compartir tu vida con otra persona? En mi caso, un amigo, una experiencia positiva, quitarme ciertos prejuicios que tenía sobre las personas refugiadas, aprender cosas de su cultura. Pero, sobre todo, la satisfacción personal de haber podido ayudar a una persona —creo que es una frase de Gandhi que dice algo así: “el aroma de la rosa que se da queda en la mano de la persona que la entrega”— y aprender a apreciar más lo que la ruleta de la vida nos otorga al nacer en un territorio donde no hay guerras, hay trabajo, tienes una familia que te apoya etc… Ahora puedo responderme a esa pregunta que me hacía al inicio —“¿Estaría dispuesto a compartir mi casa con una persona refugiada?”— porque lo podía hacer, lo he hecho y ha sido positivo.

Hace poco oí a alguien decir que la caridad supone una relación vertical, del que da (arriba) al que recibe (abajo), mientras que la solidaridad significa que la relación es horizontal; es decir, de igual a igual. Y esto es lo que ocurre en el caso de compartir tu vida con alguien. En realidad todas las personas somos iguales —seres humanos con iguales derechos fundamentales (vida, vivienda, trabajo digno etc.)— y podríamos ser nosotros los que estuviéramos en la misma situación que las personas refugiadas que vienen a España huyendo de distintas miserias. En la Historia hemos sido un país de refugiados, y volveríamos a hacer lo mismo en caso de necesidad. Kant separó la regla de oro de la solidaridad de las religiones y la llevó al terreno de una ley moral jurídica o imperativo categórico: “Compórtate de manera que tu comportamiento se pueda convertir en una ley general aplicable a todo el mundo incluido a ti mismo”. Para mí el motivo fundamental de compartir mi vivienda/vida con una persona refugiada surge de ese imperativo moral: porque esa persona podría ser yo. Entonces, si lo puedo hacer, estoy moralmente obligado a hacerlo. La guinda del pastel es que, además, la experiencia es positiva y tú también sales ganando.

Por ello, para concluir, te invito a que si tienes la posibilidad de compartir tu hogar con una persona refugiada, lo hagas. Para mí, es lo moralmente correcto y, además, saldrás ganando.

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