“Tejer redes”, testimonio de Pilar anfitriona en Tenerife

En este blog Pilar, que comparte hogar con A y N en Tenerife, nos cuenta por qué decidió abrir las puertas de su casa cuando tuvo consciencia de las inhumanas condiciones que vivían las personas migrantes llegadas a Canarias. “La supervivencia es una pulsión innata pero la solidaridad se aprende”, nos relata Pilar. 

Sois muchas las personas que registráis vuestra solidaridad en puntos a los que no llegamos, en zonas sin un nodo local que poder hacer efectiva vuestra oferta. Somos muchas manos echando horas voluntarias, tratando de dar respuesta y conectar con organizaciones locales. No somos suficientes pero poco a poco somos más. Y en este conectar ocurren cosas bonitas.

Uno de los espacios que más nos preocupan actualmente son las Islas Canarias. Vidas que no llegan, limitaciones de movilidad y condiciones de vida indigna en los campos. Personas llegando a sus muelles y aprovechando el homónimo, demostrando la fuerza que desarrollan al recobrar su posición natural después de haber sido deformadas. 

Las compañeras de la Asamblea de Apoyo a Migrantes de Tenerife están escuchando, contando y denunciando la situación de vulneración. Están coordinando las necesidades y “apagando fuegos” prendidos sin papeles, sin derechos. 

Esta semana hemos conectado a las personas registradas en Tenerife con una de las compañeras de la comisión de hogar de la Asamblea. Al poco, Pilar, una de las personas que ofrecía un espacio, nos ha contestado diciendo que al margen de nosotras ya se había puesto en contacto y que ha abierto su casa a dos chicos.  La he animado a contar su experiencia. Son estas historias las que encarnan la Cultura de Bienvenida y creo que tienen el poder de contagiar, en el buen sentido. Gracias a todas las activistas al pie del cañón y gracias, Pilar, por compartirlo. Aquí van sus palabras:

Tenerife 15 de abril del 2021

Hace 6 semanas, cuando empezaron a trascender las inhumanas condiciones en las que vivían los inmigrantes llegados a Canarias, decidimos acoger a alguno de ellos en nuestra casa. Mi marido es pensionista, yo estoy de baja y aunque vivimos de manera sencilla, no pasamos hambre, ni frío, ni miedo.

Tras contactar con un grupo de personas de apoyo local, llegaron dos chicos marroquíes con problemas de salud y desmoralizados tras meses de incertidumbre. Todo fluyó de manera natural y a pesar de la barrera del idioma conectamos desde el primer día. Hemos compartido tiempo, tareas, confidencias, risas. 

Al juntarnos todos hemos cambiado y aprendido algo. Ellos ven una esperanza en este golpe de suerte para reponer fuerzas y nosotros nos sentimos afortunados de poder ofrecerles ese bienestar. No somos especiales pero somos de la misma especie.

Podría hablar del determinismo de nacer en un lugar o en otro, de que la historia de todos los pueblos está repleta de desplazamientos voluntarios o forzosos, de lo injustas y arbitrarias que son ciertas políticas internacionales, de los derechos humanos y de los humanos torcidos…

Podría hablar también de cuando se quemó mi casa y nos quedamos sin nada, de como mucha gente nos ayudó a salir adelante, de que yo tampoco vivo donde nací, ni sé dónde voy a morir.

A y N, como muchos otros, son jóvenes, fuertes, valientes y han sobrevivido a una travesía en mar abierto para encontrarse con las puertas de la vieja, débil y cobarde Europa cerradas.

 

La supervivencia es una pulsión innata pero la solidaridad se aprende.

 

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