Cuando el corazón es tu casa: testimonio de Alejandra, voluntaria y casera

El primer contacto que tuvo Alejandra con Valeria fue a través de sus voces por teléfono. Y enseguida conectaron gracias a la palabra: había alguien cálido al otro lado.

Como siempre que no tienes delante a la persona, e imaginas con quien estás hablando, me iba inventando un aspecto, unas cualidades. Así que, una mezcla de exceso de imaginación y de, sin querer reconocerlo, prejuicio, fue lo que me llevó a hacerme una imagen equivocada de ella. Extremadamente educada, confundí esta cualidad con la de una persona apocada. Nada más lejos de la realidad.

La siguiente vez que hablamos fue para decirme que adelantaba su llegada. ¡Estupendo! Al día siguiente nos veíamos en la estación de autobuses. Allí, fue ella la  que encontró el ascensor para subir los maletones a pie de calle, yo estaba despistada en mi propia ciudad. Y fue ella la que subió los cinco pisos con todos los bártulos en varios viajes para llegar a casa. Yo, con su bebé tierno en brazos, la observaba subir y bajar, enérgica, con una gran sonrisa en la cara.

Esa noche hablamos mucho. Y a la siguiente. Y a la siguiente. Y a la otra. Al final, era tal la confianza que teníamos, que me rebelaba sin ningún resultado: “Tengo que madrugar”, “Mañana me acuesto pronto”, “No puedo seguir hablando hasta las tantas, llego muerta al trabajo”. Y es que ninguna de las dos quería desaprovechar la oportunidad de conversar tanto y tan bien. Cada noche preparábamos nuestra infusión y comenzaba la velada. ¡Teníamos que ponernos al día de toda una vida!

 

Era verano y celebramos el segundo cumpleaños del nene con un helado de corte, de esos de los ochenta, como cuando era pequeña. Habíamos salido a comprar, hacía calor. Por la tarde me fui a la piscina y la dejé celebrando en remoto con su familia el cumpleaños. Antes habíamos estado inflando globos, se quedó adornando el salón, llena de ilusión. En unas semanas me fui de vacaciones y, aunque necesitaba despejarme de todo el año, me sentía un poco culpable por ausentarme. Claro que siempre que hablábamos por teléfono me encontraba una voz cálida y tranquila al otro lado. Entonces, mi preocupación se disolvía y volvía a encontrarme tranquila y feliz.

Y ahora me cuesta creer que vaya a hacer casi un año de nuestras sobremesas, nuestras gestiones de citas, papeleos, resolviendo en la cocina, siempre después de haber comido, que eso no lo perdonábamos, lo de comer rico. Y a la vez, por otro lado, es increíble pensar que conozco a Valeria desde hace tan solo unos meses. Así es el tiempo, que unas veces se estira y otras veces se queda corto.

Lo mejor de todo es que la presencia de esta familia en mi vida convirtió los meses de verano de 2019 en una época mucho más feliz para mí. De repente, en medio del abismo que supone una ruptura de pareja, mi vida daba un giro y mi casa se llenaba de los gritos, correteos, gestos e intentos de empezar a hablar de un niño lindísimo  que corría a la habitación de su madre, y decía “¡Hola!”, y después a la mía y decía  “¡Hola!”, y luego “¡Adiós!”, y corría de nuevo hasta donde su madre, y así podía pasarse los minutos, corroborando que tenía el cariño esparcido por la casa. Una criatura hermosa que caminaba por la calle sintiéndose feliz agarrada de la mano de su madre de un lado, y de mi mano, del otro, y nos miraba, sonriente, primero a una, después a la otra, sabiéndose protagonista de algo importante.

Y Valeria, qué decir. Una persona íntegra, inteligente, muy bella por dentro y llena de criterio, siempre con algo que decirte, y ese algo que te va a ayudar. Y no se queda en las palabras. Busca con tesón las salidas, no se rinde, recorre un sitio y otro y nunca se cansa, anda kilómetros como si todo estuviera “aquí al lado”.  Me reconforta saber que siempre está ahí con su integridad y su sonrisa. 

Ahora vivimos un poco más lejos y cada vez que quedamos no queremos separarnos y alargamos la despedida todo lo que podemos. La última vez, el 4 de marzo, nos reíamos a la salida del metro después de todo el día juntas porque no acabábamos nunca de marcharnos. Nos hemos reído mucho juntas con nuestras diferencias y nuestras confluencias, y lo seguimos haciendo.

En este momento deseo que termine el confinamiento y se abran las puertas para, además de sentir la primavera en el cuerpo, abrazar a Valeria y comprobar que el enano no se ha olvidado de mí. ¿Y quién es Valeria, y quién soy yo? Somos dos mujeres que vivimos intentando hacer las cosas lo mejor que podemos, lo mejor que sabemos. Y buscamos la manera. Ella, desde su lugar, y yo, desde el mío. Con la diferencia de que en su país, por hacerlo y luchar por cambiar las cosas, estaba amenazada de muerte. Y yo, aquí, en el mío, estaba con el corazón en estado emocional terminal. Así que los astros se juntaron y a la vida le dio por cruzar nuestros caminos.

Y aquí seguimos, felices de tenernos, e intuyo que seguiremos apoyándonos la una a la otra y construyendo, como podamos en cada momento, esa idea de mundo que cada una tenemos en nuestra cabeza y que ha hecho que nos encontremos aquí, y que nuestra búsqueda y nuestra fuerza vital se haya materializado en todo este tiempo compartido.

Gracias, Valeria, por tanto. 

Gracias a toda la familia Refugees Welcome por hacer nacer estos encuentros con alegría y tesón, contribuyendo, con su energía y calor, a prender la llama que crea el hogar. 

– Alejandra

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