Testimonio de nuestras voluntarias: Nano

Como tú, me esfuerzo cada día en encontrar notas de color en este panorama en blanco y negro, de calles desoladas y silencios, silencios que recuerdan lo poquito que somos. Seguro que, como a ti, me pareció un regalo saber que, en medio de esta maldita pandemia, se había puesto en marcha una nueva convivencia auspiciada por Refugees. El mundo sigue, sigue habiendo gente dispuesta a cambiarlo ahí fuera… O ahí dentro, habría que decir. Estamos hibernando, y de esto tenemos que salir más fuertes.

Como tú, todos los días me levanto y me asaltan las dudas, los recelos, las desconfianzas, los monstruos, las ganas de ahogarme en un vaso de agua. Me refugio –soy un refugee de mí mismo- en rutinas, en esfuerzos, en mirar hacia delante, en no pensar. No pensar. Pero cuando pienso, me siento un poquito más cerca de aquellas personas que, en situaciones mucho más miserables que la mía, han hecho de su vida una rutina casi imposible, huyendo de dudas, golpes, recelos, miedos, monstruos, hambre, pasados, balas, países, privaciones de todo tipo. Cómo no entenderles si a mí, al menos, me han encerrado en una jaula de oro, con comida, wi-fi y libros.

Como tú, todos los días me levanto con las mejores intenciones, y a cada paso que doy por el pasillo combato la desidia, la pereza, la desesperanza, el miedo. Me afano en pensar cómo dibujaremos el precioso día después. No deberían caer en saco roto todas las reflexiones que, obligadas por las circunstancias, han hecho cada una de esas personas encerradas en sus casas. No pueden acabar en el desagüe los aplausos de los balcones, la emoción por cada paciente recuperado, el ánimo dado a las personas repartidoras y reponedoras, a los servicios sociosanitarios, a quienes han echado una mano en el encierro: en el de toda la población, y especialmente en el de las infectadas e infectados. 

Cuando todo esto pase, y salgamos a la calle con ánimos renovados a abrazar a amigas y amigos, a quienes no lo son tanto, a quienes tantas veces quisimos abrazar y no nos atrevimos, cuando todo esto pase y salgamos a bebernos la vida a lingotazos, dejaremos en casa el hartazgo, el aburrimiento, la desidia, el miedo, el orden obsesivo, la angustia, la desazón, la desesperanza. Abrigo la esperanza de que entre todos esos bártulos no se dejen también las ganas de ayudar, la capacidad de ponerse en el lugar del otro.

Que las ganas de vivir no sean privativas, sino compartidas

-Nano

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