Testimonio de nuestras voluntarias: Patricia Festa

Hace dos años estaba desempleada, con mucho tiempo en mis días, cansada de buscar trabajo sin encontrar, con ganas de hacer muchas cosas pero a la vez bastante desanimada. Mi hermana vio una oferta de voluntariado en Refugees Welcome, ¿nos apuntamos? ¡Venga! Nunca habíamos oído hablar de la organización, no teníamos ni idea pero sí teníamos tiempo y ganas de hacer algo más que activismo desde el sofá. Así, hace dos años me encontré en una pequeña sala de la Ingobernable en el centro de Madrid con un grupo de personas llenas de sonrisas. Nos explicaron cómo había nacido Refugees Welcome, el concepto que ellos tenían de cómo debía funcionar, algunas nociones básicas sobre el sistema de asilo en España y más o menos cómo estaban estructurados los equipos dentro de la organización. En aquel momento el proyecto era mucha ilusión pero no muchos recursos. Nos dijeron que si nos apetecía podíamos unirnos a alguno de los equipos, sin presión, sin compromiso, y siempre aportando el tiempo que quisiéramos aportar. Me uní al equipo de comunicación y redes sociales.

Al mes siguiente conseguí trabajo en México. Oh, oh.. justo ahora que esto me hacía tanta ilusión. Se lo comenté a mis compañeras de RW en una reunión y todo fueron alegrías y enhorabuenas. Nadie pensó que podría ser un poco complicado llevar una red social a ocho mil kilómetros de distancia: si tú tienes ganas y crees que puedes, ¡adelante! Y a la piscina nos tiramos todas. Elegí llevar la cuenta de Facebook, voy a confesarlo, porque me pareció la más fácil. En aquel momento la actividad en redes era muy baja, no teníamos Instagram y aún no estábamos en LinkedIn. Había que darle un empujón y todo era nuevo, todo era probar nuevas ideas, y lanzarse sin red. Siento que todas íbamos aprendiendo por el camino y cada nuevo seguidor era una alegría, cada aparición en medios era una victoria y cuando llegaba una nueva convivencia eso era (¡y es!) una fiesta. 

Cuando volví de mi aventura mexicana me sorprendió mucho que algunas de mis compis, a las que sólo conocía por el nombre en los grupos de trabajo, se alegraban de ponerme cara por fin. Era alegría de verdad. Me hizo ilusión. Me decían que tenía mérito mi compromiso estando al otro lado del océano, pero a mi siempre me ha parecido fácil. Mi granito de arena siempre ha llegado desde el extranjero pero nunca me he sentido lejos.

En estos años he visto, desde la distancia, a la organización crecer: conseguir muchas más convivencias, consolidar su imagen de marca con la Cultura de Bienvenida por bandera, expandirse territorialmente, incorporar nuevas voluntarias, lograr acuerdos con ayuntamientos, y ¡hasta salir en la tele! La he visto hacerse grande sin perder sus valores de organización pequeñita y de trato personal. Porque para nosotras, cada convivencia es única. En el equipo de comunicación intentamos contar cada historia, que no se pierda ninguna, porque todas merecen ser contadas. No somos números, cifras que suben o bajan, tendencias; somos personas. Todas. Refugiadas, casas, vínculos y voluntarias. Y ese es el alma de esta organización: el trato de tú a tú, en horizontal. Saber que todas tenemos algo bonito que aportar. 

Hace dos años me uní a este grupo de personas, esta familia, que desbordaba ilusión por todas partes. Ha habido altibajos, dolores de cabeza, dificultades a veces, pero la ilusión del primer día jamás se ha desinflado. Hoy, dos años después, escribo estas líneas desde Copenhague, lejos pero siempre muy cerca. Muy cerca de unos valores que comparto profundamente. Somos conscientes de que no estamos cambiando el mundo a escala global, pero sí estamos cambiando vidas. Cada una de las convivencias está dibujando para (al menos) dos personas un mundo diferente. Y es precioso sentirse parte de algo así.

Si tienes tiempo, seguro que tienes mucho que aportar. Te aseguro que merece la pena.

-Patricia Festa

 

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